Lila podía ser casí cualquier cosa.

 

 

Lila es un color divino, entre el azul y el violeta; indigo a mis ojos.

Lila es también una flor que evoca primavera con su frescura.

Lila es sobre todo poesía.

Līla, del antiguo sánscrito, es también un símbolo del juego del amor entre lo visible y lo invisible.

Juego divino y aparentemente caprichoso de la existencia y única explicación posible para entender el constante devenir del orden y el Caos en nuestro mundo.

Lila es filosofía.

Lila es Filosofía y Poesía, pensar y sentir. Sentipensar.

Y así llamé a Zahrah desde aquella tarde de Abril en que me liberé del Siglo XX , mientras disfrutaba del humo de tabaco avainillado y otras hierbas en mi pipa.

Lila, mi compañera desde entonces, siempre había sido una aspiración.

Lila es fluir con la vida, Ser lo que soy tal y como soy y contribuir así a un mundo mas interesante. En definitiva sentirme comodo en mi propia piel y así hacerlo sentir alrededor.

La mañana que precedió la tarde de Abril en que Lila florecería, me había levantado cansado de Ser y en el espejo me ví viejo, muy viejo.

En realidad estaba cansado de repetirme a mi mismo otra mañana más, pero sobre todo cansado de ver como se me iba el entusiasmo por la vida, pues de Ser no puede nadie cansarse.

Intentar ser alguien distinto y girar en circulos para conseguirlo se me antojaba ya estéril.

Tener la sensación de ser un objeto defectuoso en constante reparación en este taller en que había convertido mi vida era realmente agotador.

Sometido a la tiranía de creer que ser algo distinto era superior a Ser, Lila estaba lejos aún, y mientras la invocaba sentía la necesidad de liberarme de los símbolos de perfección que asfixiaban mi libertad.

«Conviértete sólo en lo que siempre has sido y liberate de lo que nunca has tenido»  – Pensaba.

 

En el espejo ansiaba verme como era, Lila, de descansar por Ser quien era, pero me enfadaba mi imperfección y verme arrastrando caducos fardos del Siglo XX. Cargas que me costaba dejar atrás.

 

Así que dejé de mirarme y mirar alrededor y me acerque a Lila, acariciándola, para despertarla suavemente.

Abrió sus ojos y sus labios y le pedí que me acompañase de nuevo al jardín de rosas, al banco que nos vió descubrirnos un día.

Y amé a Lila y ella me amó y encendimos la pipa para entre humos poder pensar tranquilamente en el Siglo XX.

Y es que el Siglo había empaquetado y vendido exitosamente la búsqueda de la belleza y la felicidad como productos de consumo imprescindibles.

 

«Siglo veinte, cambalache, problemático y febril,el que no llora no mama…» , decía Carlos Gardel en «Cambalache»

 

Ese Siglo XX nos había terminado de convencer de nuestra imperfección innata, de origen arcaico y patriarcal, elevando la enfermedad de la falta de auto-estima a la máxima potencia letal.

El Siglo nos emborrachó de belleza y felicidad.

 

El Siglo nos inoculó 

lo estéticamente bello,

el precio justo,

el pensamiento positivo, 

lo emocionalmente equilibrado,

lo políticamente correcto, 

lo socialmente aceptable y

lo culturalmente apropiado.

 

Consumimos ese «nuevo opio del pueblo» y desarrollamos movimientos alternativos en los que eramos felices mientras el mundo seguía igual.

El Siglo nos impuso el «Mundo Felíz» con sus ideas de belleza y felicidad como modelo. Como algo de lo que careciamos, algo que teníamos que buscar a toda costa.

¡Oh qué maravilla!
¡Cuántas criaturas bellas hay aquí!
¡Cuán bella es la humanidad!
Oh mundo feliz,
en el que vive gente así.
-La tempestad. W Shakespeare

 

Junto a objetos de consumo y realidades virtuales que nos prometían paraisos, se re-inventó la espiritualidad y la política.

Se recuperaron tradiciones, filosofías políticas y espirituales; símbolos de otros Siglos y continentes que se convirtiero en objetos ideológicos de consumo grupal.

Los medios de comunicación, la tiranía de lo audiovisual y las redes sociales cumplieron su función.

Pero el Siglo dobló la esquina y en el nuevo Siglo seguimos poseidos por la busqueda de la belleza y la felicidad.

¡Basta ya! – me dije.

Mientras amaba a Lila, el humo de la pipa difuminaba mi cansancio y con él se iba el Siglo con su ansiedad por la belleza y la felicidad.

Lila terminó con mi busqueda y cortó los fardos del Siglo.

Respire Lila y cerré los ojos, y aspiré y expiré más humo de pipa y allí encontré reposo – en el Ser.

Y en el Ser había belleza y felicidad y al abrir los ojos Lila era bella y feliz.

Y yo era bello y feliz.

Leon F. Del Canto

León Fernando del Canto (Zamora, 1967) es un pensador internacionalista que ejerce como barrister (abogado) en Londres.